Comunicación de masas: La estrategia del retrovisor
Casi todos estaríamos de acuerdo que “futuro” es un sueño persistente por alcanzar la perfección tanto individual como colectiva y que por esa vocación natural estamos predispuestos a incorporar en cada momento las mejoras y avances que nos aporta el progreso al tiempo que abandonamos los heredados errores ancestrales originados por el lógico desconocimiento primigenio.
Gracias al sueño persistente por la perfección las generaciones que nos precedieron fueron abandonando sucesivamente errores concebidos en el rudimentario pasado e incorporaron las mejoras y avances que el presente transformador les iba proporcionando. El innegable éxito de esta continua renovación queda probado por la evolución realizada desde los tiempos primigenios hasta nuestros días.
“Pasado” es lo inamovible. Fotos fijas de los cómos, los cuándos y de los porqués. Cada cual las explica según le fue. La utilidad básica del tiempo pasado debería ser la de visualizar en él los errores a enmendar en adelante. El pasado expone lo andado camino de la perfección y por ello cualquier tiempo pasado por ser imperfecto no debería ser ningún ejemplo. Es un simple esbozo a progresar.
El “presente” es el tiempo axiomático que en su permanente avance hacia el futuro genera la imaginaria línea temporal. Tras su paso todo se convierte inevitablemente en pasado inalterable. Es como el efímero instante en el que el metal tiene la incandescencia necesaria para permitir la innovación. El pasado es metal ya frio e intransformable. El metal licuado sin forma estable determinada en esta metáfora sería el futuro.
La prodigiosa capacidad del presente para influir de futuro es una amenaza permanente para la minoría a la que el pasado agració con privilegios. Para ellos cualquier futuro desigual a ese pasado benefactor pondría en peligro su estatus y su poder. Por experiencia familiar saben que controlar el presente es vital para evitar verse despojados en un futuro de las prerrogativas del pasado.
El presente se controla formando parte del poder o siendo cómplice necesario de su política. Parasitando estratégicamente las cúpulas de los círculos económicos, los medios de comunicación, la justicia, las fuerzas armadas, la Iglesia,… Hacerlo eficazmente requiere siglos de experiencia y una permanente confabulación con todos aquellos estómagos agradecidos que históricamente actúan impunemente para que el futuro no cambie nada del tiempo pasado.
Pero indiscutiblemente la herramienta sutil e incruenta que históricamente se ha mostrado más eficaz para evitar que nada cambie es una antiquísima maniobra educativa, informativa y de entretenimiento que en el presente del segundo milenio la minoría agradecida sigue empleando con éxito con el mismo propósito de siempre, evitar el peligro de perder en el tiempo futuro las prebendas del pasado. Yo la defino como “la estrategia del retrovisor”.
¿Quizás soy el único que cuenta las veces al día que en los medios de comunicación de mayor audiencia se añora un idílico pasado y cuantas las que en esos mismos medios se intimida con un futuro amenazador?
Yo sí lo hago y reconozco que es por pura deformación profesional y por ello confirmo que a diario esta sutil casualidad sucede en los medios de comunicación pero también en los formatos de ficción, en las novedades editoriales, inclusive en la Red de redes. Diferentes soportes de comunicación que sorprendentemente entre todos despliegan “la estrategia del retrovisor” demostrada desactivadora del poder congénito de transformación que posee cualquier presente.
De la irrebatible esperanza que siempre despierta el tiempo futuro no destacan efusivamente su oportunidad para evolucionar y cambiar el estatus quo. Por el contrario del futuro dramatizan la incertidumbre, la pérdida de antiguos valores, fomentando aprensión al progreso. Con esta estrategia no sólo desactivan propuestas, también fomentan la resignación ante la posibilidad de perderlo todo. Y lo que es más alarmante, aumentan la afiliación de los que están dispuestos a todo con tal de que nada cambie.
La capacidad económica de la minoría agradecida con la complicidad de los que actúan impunemente para que el futuro no cambie nada del pasado, directamente o a través de interpuestos, controla lo que dicen y lo que no dirán jamás los principales medios de comunicación, el tipo de historias que producirán los formatos de ficción, que editarán y que no las grandes editoriales, incluso decidirá cuál será el tema del momento en la Red,… y de este modo es como la estrategia del retrovisor evita que las ideas transformadoras consigan alcanzar la notoriedad suficiente como para inquietar.
Sólo disfruta realmente de libertad de expresión aquel que tiene económicamente controlados los principales soportes de difusión. Y en base a esa influencia puede filtrar la realidad, blanquear la codicia, mentir, propagar el odio, generar miedo en vez de esperanza y además puede hacerlo todo legalmente en los medios que más influyen porque son suyos. El resto de los mortales también disfruta de una libertad de expresión pero sin capacidad de difusión no logran influir más allá del entorno cercano al propio emisor. No consiguen generar masa crítica suficiente.
El primer dato de la cultura retrovisor lo tenemos en la antigua Grecia. Se sustancia en la frase de Cicerón que dice “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, lo que entonces significaba que estudiar la Historia debería ayudar a evitar volver a cometer los mismos errores del pasado, sea de forma personal o a nivel de sociedad o de nación. Pero casi tres mil años después de que Cicerón pronunciase el primer “principio retrovisor” ha quedado suficientemente demostrado que conocer la Historia hasta hoy no ha impedido que una y otra y otra vez se hayan repetido exactamente los mismos errores.
Para visualizar gráficamente como actúa “la estrategia
retrovisor” utilizaré una sencilla metáfora. Imaginemos que toda la Humanidad progresa
hacia el futuro en el interior de un enorme autocar llamado PRESENTE. Como
cualquier vehículo para rodar con total seguridad, antes que volante y frenos,
lo primero que requiere es un perfecto campo de visión del camino. Por ello,
como todos los vehículos el autocar goza del amplio campo de visión que le brinda
su gran cristal delantero o parabrisas.
Centrado en la parte superior del gran parabrisas
hay un pequeño espejo rectangular. Su función es que con un simple vistazo pueda
verse lo que queda atrás y hacerlo sin perder de vista en ningún momento el
camino que hay por delante. No perturba la visión frontal porque el retrovisor es
unas cuarenta veces más pequeño que el tamaño total del parabrisas delantero.
La estrategia del retrovisor consiste en ampliar
intencionadamente el tamaño del retrovisor hasta igualarlo al tamaño del parabrisas
dejando apenas un resquicio para ver por dónde ir. Evidentemente ante la inseguridad
de avanzar a ciegas lo primero es detener el autocar y una vez parado intentar negociar
el tamaño del retrovisor. Con el paso del tiempo y la falta intencionada de una
parte para avanzar en la negociación del tamaño del retrovisor empiezan a emerger
los que deciden que lo único que se puede hacer en esta situación es dar marcha
atrás. No hace falta nombrar a sus más acérrimos defensores.
Si acordamos que un “futuro perfecto” es el sueño a alcanzar por la mayoría, desistamos de encontrarlo en un retrovisor y hagamos caso al poeta que murió en el exilio para no ser represaliado por la minoría agradecida:
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
Sino estelas en la mar.
Antonio Machado 1875-1939
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