Creatividad anónima

              

En estos tiempos de grandes cambios la creatividad se asocia principalmente a la oportunidad de obtener dinero, reconocimiento, popularidad,… pero no siempre fue así.

Durante siglos ser creativo fue una actividad muchas veces clandestina que podía poner en peligro la vida del osado. Muy especialmente si sus aportaciones contradecían o desmantelaban directamente el relato del paradigma oficial.

Gracias al tesón y el enorme riesgo que aceptaron todas aquellas mentes creativas la humanidad evolucionó. Algunas pasaron a formar parte de la historia pero infinidad de ellas no. Su contribución no se consideró tan decisiva y hoy nadie sabe ni siquiera que existieron. Ahora mismo alguien puede estar utilizando el invento actualizado de uno de esos creativos anónimos y seguro que lo utiliza desconociendo absolutamente la historia del invento y la del inventor.

Muchas veces intento figurarme cual pudo ser la poderosa motivación de aquellas mentes que, sin que nadie se lo pidiera, ni se lo remunerasen, ni se lo reconocieran nunca, y pese a todo ello emplearon su vida en desvelar misterios, rebatir errores, mostrar vías insospechadas, explicar fenómenos, desmitificar milagros,…

Me emociona imaginar la soledad entre multitudes que debieron soportar todas esas mentes excepcionales en su día a día. En muchos casos para explicar su tesis también hubieron de inventar y fabricar los inexistentes medios científicos que les permitieran demostrarla.

Sin más preámbulos os presento a Eratóstenes, uno de los creativos universales a los que me estoy refiriendo. Uno de mis favoritos. Nacido en Cirene, Libia, en el año 276 a C. se educo entre Alejandría y Atenas. Justo al cumplir la mayoría de edad partió a Egipto invitado por el faraón Ptolomeo III para dirigir la Biblioteca de Alejandría, cargo que desempeñó hasta el reinado de Ptolomeo V.

Fue astrónomo, historiador, geógrafo, filósofo, poeta, crítico teatral y matemático. Alumno y colega de los más grandes nombres de aquel momento histórico.

Es inimaginable lo que debió representar para Eratóstenes vivir en un tiempo y en un entorno que no ponía en duda que la Tierra fuese plana sencillamente porque era lo que dogmatizaban los “filósofos de la naturaleza” que así llamaban a los científicos entonces. Y a los negacionistas del dogma, los que fomentasen la duda, el poder los juzgaba y condenaba.

Eratóstenes era lo que hoy consideraríamos como un niño pijo. Hijo de una honorable familia de Alejandría no tenía necesidad ninguna de afrontar ningún tipo de riesgo innecesario, y fue así hasta que un día, con ocasión de visitar los pozos profundos de Syene, actual Assuan, Eratóstenes observó que a medio día la luz del sol llegaba hasta lo más profundo de aquellos pozos. Aquello era algo que en la latitud de Alejandría él había observado que no sucedía igual.

Aquel joven al que la vida le había concedido todo lo que un ser humano podía desear, de pronto, la sospecha de que la Tierra podía no ser plana, inesperadamente le activo su otro Yo. Y en vez de olvidarse de todo instantáneamente como lo hubiera hecho cualquier otra persona normal y seguir con su vida confortable y legal, Eratóstenes tomo la afortunada decisión de complicarse la vida y jugársela.

Si era plana quedaría todo en un ejercicio de matemáticas y astronomía. Pero si no lo era, si la Tierra era realmente esférica, entonces sabía que tendría un gran problema. El descubrimiento no lo podría compartir con nadie por el riesgo de sufrir castigo por negacionista. Y si no lo podía compartir, nadie le podría ayudar. Finalmente decidió hacerlo sólo.

Le imagino largas horas a solas, en silencio, caminando de aquí para allá, haciendo cálculos geométricos con la tiza sobre la pizarra bajo la luz del ventanal e ideando la forma de poder averiguar primero y de poder demostrar después. Para Eratóstenes aquel tiempo que se le debió hacer muy largo trabajando en soledad, en silencio y sobre todo en secreto.

Sin desvelar a nadie su propósito final empezó por encargar unas varas de madera. Como director de la Biblioteca de Alejandría se ganó la aportación de de sus alumnos y también de algunos de sus empleados. Todos colaboraron sin sospechar la secreta razón que escondía Eratóstenes.

Al llegar el solsticio de verano clavaron las varas de madera verticalmente en suelo de Siena y de Alejandría. A las doce horas del medio día midieron las sombras que en aquel momento las varas proyectaban por efecto de la luz del sol en cada una de las dos ciudades.

Posteriormente Eratóstenes pago de su propio bolsillo saber la distancia entre Siena y Alejandría.  Hay quien asegura que fue uno de sus sirvientes el que camino entre las dos contando los pasos. Sea como fuere, Eratóstenes supo aproximadamente la distancia entre las dos ciudades en las que clavaron las varas.

Y tras realizar los cálculos matemáticos pertinentes no sólo certificó que la Tierra era esférica, además aproximó que la circunferencia del planeta podía ser de 252.000 estadios egipcios que traducidos a kilómetros serían 39.614Km.

Y con absoluta normalidad, tras haberse demostrado a si mismo que la Tierra no era plana, Eratóstenes como si tal cosa continuó dando clases y dirigiendo La Biblioteca de Alejandría exactamente como si la Tierra siguiera siendo plana.

No compartió con nadie aquel descomunal descubrimiento ni tampoco pudo averiguar si sus cálculos habían sido correctos. Al final de su vida Eratóstenes quedó ciego a consecuencia de una enfermedad muy común en el valle del Nilo y, alegando que había perdido la ilusión de vivir, voluntariamente dejo de comer y murió en el 194 a C. a la edad de 82 años.

En el año 1492, mil seiscientos años después de su muerte, grandes navegantes surcaron los océanos utilizando los cálculos realizados por Eratóstenes, descubriendo el continente americano y completando la primera vuelta al globo terráqueo.

Y no fue hasta el lanzamiento de una de las naves espaciales Spútnik rusas, en 1957, dos mil ciento cincuenta años después de la muerte de Eratóstenes, que por fin se consiguió medir exactamente el ecuador del planeta Tierra que resulto ser de 40.075km.

Eratóstenes, más de dos mil años antes, midiendo las sombras de unas varas y conociendo los pasos de distancia entre Siena y Alejandría, en sus cálculos se equivocó tan sólo de 461km.

Conocí esta impresionante historia cuando era estudiante, de eso hace bastante más de medio siglo, y siempre que puedo la comparto.  Creo que es un ejemplo indiscutible del poder de la mente y del enorme alcance que la imaginación es capaz de dispensar más allá de las lógicas limitaciones físicas de un cuerpo.  

Eratóstenes no precisó caminar ni un paso por la superficie terrestre para abarcarla toda ella mediante el poder de la imaginación y el dominio de las matemáticas. Fue capaz de culminar brillantemente el reto que se había auto impuesto a sabiendas de que si finalmente llegaba a tener éxito nadie le aplaudiría. Pero aun así lo hizo.

Una última reflexión, al lado de las grandes figuras históricas que han propiciado la evolución humana han existido y siguen coexistiendo millones de mentes autoras de inventos menores que en su conjunto también favorecen decididamente la evolución.  Es para mí la infinita creatividad anónima.

En honor a todos ellos.

 

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