Mindfulness de un minuto
Está planetariamente aceptado
que nuestra identidad humana es la mágica sinergia de dos naturalezas distintas;
la del cuerpo y la del alma. Con expresiones equivalentes lo reconocen por
igual religiones y filosofías de vida.
Todos entendemos por cuerpo la apariencia
biológica. Y la identidad intangible a la que llamamos alma personalmente se la
atribuyo a la actividad eléctrica y explicare porque:
La justificación la fundamento
en la objetividad científica del sensible electroencefalograma. Un medidor
neurofisiológico capacitado para evaluar la leve actividad eléctrica cerebral.
Aunque haya dejado de
respirar y cesado los latidos del corazón, no se certifica la muerte clínica hasta
que el electroencefalograma constata que en el cerebro de la persona finada ya
no se detecta actividad eléctrica.
Por ello es lógico
deducir que sin actividad eléctrica la materia biológica puede estar presente
pero no estará viva. El cuerpo coexiste como anfitrión contenedor de la
actividad eléctrica, él es la prodigiosa pila biodegradable que la acoge temporalmente
hasta que la muerte del cuerpo les separe.
La actividad eléctrica no
nace ni muere, únicamente se transforma. Este principio científico la exime de la
obligación de identificarse con el ciclo vital biológico de nacer, crecer y reproducirse
para no desaparecer de la faz de la Tierra al morir.
Hasta el
siglo XIX la humanidad no llegó a la comprensión científica del fenómeno electromagnético y
fue gracias al escocés James Clerk Maxwell. A partir de ese momento la electricidad se convierte en algo cotidiano
y la vertiginosa revelación científica de sus leyes sigue estimulando la
invención, evolución y producción en serie, de toda la variedad de artefactos
eléctricos y electrónicos que nos permiten un uso práctico de la electricidad.
Infinitos siglos
antes a ese momento histórico el ser humano ya había intuido que su cuerpo
acogía a otra identidad inmaterial e incluso le había atribuido la capacidad de
sentir y pensar. Los padres fundadores
de las respectivas tradiciones culturales evidentemente ignoraban la existencia
del electromagnetismo y su vital influencia sobre el cuerpo biológico, pero no
obstante evidenciaron y reconocieron la coexistencia de la identidad intangible
poniéndole un nombre; “alma”, en latín “anïma”, en griego “ánemos”, que en el
primigenio origen etimológico significan; soplo,
aliento o “fuerza creadora que da vida”.
Sobre el siglo
III a.C. en Grecia nació una corriente religiosa denominada “orfismo” que
contradecía la prevalencia del cuerpo sobre el alma. Entendían que el cuerpo
era la cárcel del alma que con la muerte lograba liberarse de la esclavitud
corporal.
El obstinado sometimiento a la Tradición ha perpetuado por los
siglos de los siglos la palabra alma para definir una identidad intangible que
hoy, segundo milenio, un sencillo electroencefalograma nos revela
científicamente a que le seguimos llamando así.
De las dos identidades
humanas reconocidas, la eléctrica y la biológica, la inmaterial por ser para
aquellos tiempos una naturaleza incomprensible, su argumentación se dejó en
manos de la literatura y la retorica de religiosos y filósofos. La identidad material inicialmente también estuvo en esas mismas manos
pero del siglo XVIII en adelante, inicialmente la Ciencia y posteriormente los
mercados, la redefinen temporada tras
temporada.
Vivimos absolutamente
zambullidos en la ficción del paradigma biológico humano. Hemos llenado nuestra
cabeza y nuestros días de propiedades, comodidades, emociones, repulsiones, palabras,
ideas, frustraciones, miles de contraseñas de Internet e información infinita
que la sabemos perecedera. Un día se esfumará irremediablemente junto con la
pila biodegradable. Indiscutiblemente la identidad biológica resulta infinitamente
más tangible, inmediata y atractiva, por ello ejerce su descomunal poder
hipnótico sobre todos nosotros.
El Big Bang y
su consecuente, continuo e infinito desarrollo cósmico es el único paradigma
que persigue la identidad eléctrica. Para percibir su soplo, su aliento, su fuerza creadora dando vida, es preciso recogerse, desactivar
el modo piloto automático mental, activar el modo diálogo interior ancestral,
respiración adecuada, posición corporal satisfactoria y pasados unos instantes sobreviene
una variedad de la amnesia temporal que propicia el efecto descontaminante de
paradigma biológico, algo radicalmente incompatible con la naturaleza de la identidad
inmaterial.
No solo le
atribuyo la capacidad de sentir y pensar, como lo hicieron los antiguos padres de nuestras respectivas culturas,
yo también le atribuyo la capacidad de experimentar empatía, imaginación,
esperanza, resiliencia, compasión,...
Si existe
alguna posibilidad de que el viaje que nos trajo hasta aquí pueda continuar a
otra dimensión está claro que no lo haremos con la perecedera pila
biodegradable.
Sabemos que la
actividad eléctrica jamás morirá porque nunca nació, únicamente se va transformando.
Es una revelación del todopoderoso espectro electromagnético, una de las cuatro
fuerzas que rigen el Cosmos. De él desconocemos mucho más de lo que sabemos.
Imagino que al igual que
el mosto de uva precisa del contenedor de roble y el lento pasar de los años
para convertirse en vino, parece que la
actividad eléctrica también precisa pasar un tiempo hospedada en un contenedor
biológico para alcanzar la plena consciencia de ser.
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