Confesiones de un Yo interior común
Mi nombre es Miliamperio pero los físicos me conocen por mis iníciales mA. Soy pura actividad eléctrica. Pertenezco a una de las infinitésimas secuelas del todopoderoso espectro electromagnético, una de las cuatro fuerzas que rigen el Universo. Y cómo es bien conocido los súbditos del espectro electromagnético ni nacemos ni morimos, únicamente nos transformamos.
Como cualquier elemento que forme parte del Universo me encuentro en continua evolución sin saber nunca a ciencia cierta en qué consistirá el siguiente desafío.
Hace muy poco que he completado la etapa biológica de mi aprendizaje existencial y, una vez liberado de la identidad física, en la que he estado hospedado durante más setenta años terrícolas, me he reencontrado con migo mismo, con el mA que siempre he sido.
Al igual que el mosto de uva precisa del contenedor de roble y el lento pasar de los años para convertirse en vino, los que somos actividad eléctrica también precisamos pasar un tiempo hospedados en un contenedor biológico para alcanzar la plena consciencia de ser.
Mi primer recuerdo lucido corresponde al imprevisto inicio de mi fase biológica. Súbitamente desperté del sueño primigenio e imperturbable que hasta entonces disfrutaba, descubriéndome embutido en el microscópico y minimalista interior de una célula que, junto a millones de otras células, formaba parte de un colosal mosaico que constituía la elástica pared de una cavidad interna en un organismo biológico vivo.
La sensación claustrofóbica inicial duró poco. Fue despertarme y automáticamente la célula avivó sus atávicas funciones biológicas. A partir de ese preciso instante mi minúscula anfitriona tomó el control absoluto activando su natural piloto automático. Por genética ella tenía la información específica de lo que se debía hacer. Y yo, confiado en su interior, únicamente debía aportar la energía necesaria para que lo hiciera y disfrutar del espectáculo. Fue sencillo.
Plenamente avivada, el primer paso de mi anfitriona fue emanciparse del colosal mosaico de células en el que hasta aquel momento permanecía instalada e independizarse, o para ser más exactos, independizarnos de él.
Ya como ente emancipado a merced de los fluidos que anegaban la cavidad del organismo vivo, asistí impertérrito a la primera metamorfosis de mi anfitriona. En un abrir y cerrar de ojos su apariencia evoluciono dejando de ser célula para transformarse en un singular pez microscópico. Aparte del increíble espectáculo que representó presenciar todo aquel proceso embutido en su interior, como huésped agradecí que el espacio disponible se hubiera ampliado aunque solo fuesen unas micras.
Como si no fuera la primera y única vez que mi ahora pez anfitrión vivía aquel prodigioso suceso, como si para él fuera algo cotidiano, de inmediato el vigoroso impulso de su larga cola transparente nos desplazó a través de los fluidos por un largo y estrecho conducto hasta entrar en una gigantesca vesícula en la que asombrosamente se acumulaban millones de pececillos absolutamente iguales al ahora mi evolucionado anfitrión.
Justo llegamos y se sumó a la colosal acumulación de iguales que allí esperaban pacientemente, cuando, sin previo aviso, todos, absolutamente todos, fuimos violentamente expulsados de aquel extraño lugar. Así de imprevisto fue como entramos el siguiente desafío; un mega triatlón extremo.
El minúsculo anfitrión precisó de toda mi máxima colaboración para poder batir frenéticamente su larga cola y competir a muerte contra millones de rivales en aquella salvaje competición natatoria. De los ochenta millones de contendientes que de media participan en una prueba ancestral de este tipo, generalmente sólo uno, el vencedor, podrá descubrir lo que prodigiosamente ocurre a continuación. Disfrutará del exclusivo privilegio de acceder a otra dimensión totalmente inimaginable para él.
Nuestra suma anfitrión más huésped resultó ser imbatible. Demostramos ser un dúo vencedor. Y, naturalmente, mi anfitrión obtuvo el privilegio de acceder a los asombrosos prodigios de un ovulo maduro. El único dispositivo biológico que se conoce en todo el Universo capaz de multiplicar por miles la talla del pez microscópico que gane el mega triatlón extremo y de transfigurar su apariencia de forma inusitada. Mi anfitrión se introdujo en el ovulo y yo con él.
La primera sensación fue de absoluta tranquilidad. Tras las estresantes experiencias, fundamentalmente la ultima, que mi anfitrión entrase temporalmente en letargo me concedió la pausa necesaria para recapitular sobre todo lo sucedido desde el momento en que inesperadamente desperté inevitablemente involucrado en la etapa biológica de mi atávico aprendizaje infinito.
Durante el prolongado espacio de tiempo que duró todo el proceso transformador en aquel espacio interior, mi anfitrión siguió plácidamente aletargado ajeno a todo lo que le sucedía. Presencié como, muy lentamente, de manera casi imperceptible a la vista, su microscópico cuerpecito de pez fue aumentando y aumentando de tamaño a la vez que transmutaba su apariencia. Primero de pez paso a ser reptil. Después de reptil a mamífero.
Y creció y creció, hasta que finalmente ya no tuvo cabida posible en el seno del maternal templo biológico en el que, en directo, durante nueve meses, experimentamos el increíble poder de transformación que poseen los óvulos maduros. Y, cuando ya no hubo espacio suficiente, anfitrión y huésped, irremediablemente, nos vimos forzados a prorrumpir en la nueva dimensión. Él físicamente transformado en una identidad que evidentemente ya no era la de pez, y yo, su innato huésped, como desde el inicio de la historia, seguía siendo su actividad eléctrica. Eso sí con los cambios fui ganando en espacio.
Finalmente, el resultado de las sucesivas metamorfosis biológicas relatadas fue que mi anfitrión nació a la nueva dimensión como mujer. Una adorable bebé de homínido. No tarde mucho en descubrir que la apariencia no era lo único que le había cambiado.
Desde el inicio de la etapa biológica de mi aprendizaje la concordancia huésped anfitrión había sido instintiva, tan coincidente que llegue a pensar que era una sola. El mismo raciocinio actuando en ambos dos. Pero estaba equivocado. Hasta entonces había sido así porque en aquellos momentos huésped y anfitrión perseguíamos objetivos coincidentes. Yo debía vivir la experiencia de “ser” y él debía sobrevivir para continuar “siendo”. Por allí por donde nos desplazábamos el entorno no era más que algo intranscendente y efímero con el que no existía razón para establecer vínculo alguno.
Pero a partir de nacer a la nueva dimensión todo eso cambió. La pequeña de rizos dorados y ojos azules pronto se vio embelesada y deslumbrada por el artificioso paradigma que los homínidos se han ideado. Un gran pasatiempo en el que todos participan tan intensamente que abstraídos llegan a olvidar que están esperando la muerte. Y evidentemente yo no me pude enviciar de la atracción de aquel entretenimiento biológico absurdo y transitorio, dada mí desigual naturaleza. Y fue así como la pequeña unilateralmente se excluyó drásticamente de nuestra conexión intuitiva inicial.
Dejó de lado nuestra comunicación intuida y aprendió a hablar, leer y escribir en el lenguaje que utilizaban en su entorno más próximo. Adoptó sus normas de convivencia. Y dejó de ser para tener un género, mujer, una identidad acorde con el género y un nombre, María. Y con los años se convirtió en una joven atractiva.
Experimentar el espejismo efímero del tener le canceló temporalmente su inevitable razón de ser.
Para mí, como huésped, aquella fase seguía siendo una etapa más de las que formaran parte de mí infinito aprendizaje. Pero para la anfitriona, como ser biológico, esta fue su etapa final de trayecto. Y por ello, por ser perecedera, tuvo la opción de reproducirse antes de morir. La reproducción perpetúa la posibilidad de que cualquier futuro pececillo que sea capaz de vencer su respectivo mega triatlón extremo disfrute del formidable privilegio de transformación que sólo un óvulo maduro puede ofrecer y acabe convertido en un nuevo homínido.
Mi anfitriona obtuvo un título universitario. Tuvo pareja y tuvo dos hijos. Tuvo una casa en las afueras en la que tuvo jardín y tuvo piscina. Tuvo su propio coche. En su hogar tuvo los últimos adelantos. Tuvo éxitos y tuvo fracasos. Tuvo dinero, nunca le sobró pero tampoco le faltó. Consiguió tener más de lo que incomprensiblemente en el machista y racista paradigma ingeniado por los homínidos una mujer de raza blanca podía aspirar.
Por mi naturaleza no biológica presenciar pasivamente confinado en su interior todas esas intensas experiencias tan alejadas a mí, fue algo difícilmente explicable en palabras.
Y así pasamos los años. La anfitriona se convirtió en una distinguida señora mayor de rizos plateados y ojos azules que, después de haber tenido el máximo, inició el camino de vuelta. Los hijos ya mayores dejaron de vivir con ella. Dejó de vivir en pareja. Dejó la gran casa y se trasladó a un pequeño apartamento de planta baja sin escaleras. Dejó de dar clases y se jubiló.
A aquella pequeña de rizos dorados y ojos azules, el embelesamiento por el atrayente paradigma ideado por los homínidos se le había ido desactivando con el lento pasar del tiempo.
Fue relajando su saturada capacidad de memoria liberándola de la delirante necesidad de recordar infinidad de datos irrelevantes. Dejo de seguir cualquier medio de comunicación menos su inseparable móvil con el que semanalmente hacia video llamada para hablar con sus hijos y nietos. Empezó a cuidar meticulosamente su alimentación e inició una rutina diaria de suave gimnasia para mantenerse en forma. Controles médicos habituales. Largos y pausados paseos por la arena de la playa. Todo ese recogimiento voluntario y la ópera ocupando los silencios, fueron momentos apropiados que facilitaron nuestra pausada reconexión.
Durante los largos años que fui el huésped ignorado, me entretuve aprendiendo cosas del paradigma homínido y felizmente entre ellas aprendí a hablar el lenguaje local de mi anfitriona. Aunque por mí desigual naturaleza pudiera parecer que era un esfuerzo inútil, al principio de nuestro reencuentro eso fue fundamental. Ella precisaba definirlo todo a través de palabras porque había olvidado incluso como pensar sin ellas.
A través de las palabras reconectamos y renació nuestro diálogo primigenio. Principalmente sucedía siempre cuando ella vivía situaciones relajadas, durante un paseo, trabajando en el jardín o cocinando. Muy especialmente a última hora, al meterse en la cama y apagar la luz, entonces manteníamos una reconexión especialmente intensa en los previos a quedarse dormida.
Tal y como empezó la etapa biológica de mi atávico aprendizaje infinito, así finalizó. De repente. Sin previo aviso. Mi último recuerdo es el de por primera vez poder ver a mi anfitriona ante mí, frente a frente, desde el exterior de su cuerpo. Pasados los primeros instantes de fascinación comprobé que aquello no lo estaba imaginando.
En el box del hospital en el que la ingresaron un encefalograma confirmó que en el celebro de mi anfitriona ya no se detectaba actividad eléctrica. Yo ya no estaba en su interior. Así fue como inesperadamente me encontré fuera del cobijo de la que hasta aquel momento había sido mi anfitriona.
Una vez completada mi etapa biológica y liberado de la limitación de ser huésped de una identidad física que me tubo alojado durante más setenta años terrícolas, me he reencontrado con migo mismo, con el mA que siempre he sido. Como cualquier elemento que forme parte del Universo me encuentro en continua evolución sin saber nunca a ciencia cierta en qué consistirá el siguiente desafío.
El mosto de uva precisó del contenedor de roble y el lento pasar de los años para convertirse en un vino noble. Para catarlo y deleitarse con él, inevitablemente habrá de abandonar el contenedor de roble para mostrarse llenando la copa.
Los que somos actividad eléctrica también precisamos pasar un tiempo hospedados en un contenedor biodegradable para alcanzar la plena consciencia de ser.
No quiero finalizar mi confesión sin enviar un saludo a todos los miliamperios permanentemente ignorados por sus homínidos anfitriones por estar estos deslumbrados por el artificioso paradigma que los homínidos han ideado. Un gran pasatiempo en el que todos participan tan intensamente que abstraídos llegan a olvidarse de todo.
Preciosa forma de contar nuestro paso como humanos! Será la intuición la conexión con nuestro MA?
ResponderEliminarOpino que lo que llaman intuición no es más que nuestro mA gritándonos dentro.
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