En estado de poca esperanza
Un estado democrático de derecho suele ser un área geográfica delimitada en la que los
poderes públicos asumen una posición activa y responsable con la finalidad de
garantizar la seguridad y la igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos con independencia de su desigual
situación económica y social.
El estado
debería ser algo así como un grandioso seguro del parchís en el que todos se
sintieran seguros frente a potenciales amenazas exteriores y dentro del cual pudiesen
sosegadamente sembrar y cultivar su propia esperanza individual y colectiva.
La esperanza también
es un estado pero este lo es del ánimo. Únicamente brota cuando se ve posible
alcanzar lo que se desea. Conseguir un objetivo. Que suceda algo deseado. Germina
cuando la utopía parece algo factible.
Cuando los
poderes del estado desatienden su responsabilidad de conducir los destinos de
todos los ciudadanos no asumiendo una posición activa y responsable, ni
garantizando la seguridad y la igualdad de oportunidades, entonces el estado se convierte en una gran cárcel del juego de
la oca. Durante unas tiradas todos se verán despojados de sus derechos más
básicos y les resultara imposible concebir esperanza alguna. Caerán en la desesperanza.
La desesperanza también es un estado de
ánimo. Germina cuando no se ve posible mantener una mínima dignidad humana, no
se puede esperar nada bueno y se teme que suceda lo peor.
Entre otros
índices, se puede concluir que el estado que tiene a una gran parte de sus
ciudadanos sin poder decidir sobre su futuro, sin saber si algún día tendrá fin
su infortunio, será aquel estado que tenga el peor indicador en salud mental de
sus ciudadanos y lidere el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Ese será
un estado de poca esperanza.
Tener a la
mayoría de los ciudadanos con la esperanza activada significa tenerlos
esperando cosas buenas del futuro, con la atención abierta a ver las oportunidades,
aprovechando cualquier circunstancia para intervenir decididos en las ventajas
que les ofrece su entorno.
Dejemos de
jugar sin parar al monopoli electoral, sólo durante un tiempo, y unámonos
frente a otra pandemia silenciada, la de la desesperanza, volvamos a construir puentes y, por nuestros
hijos, nuestros nietos y por nosotros mismos, vivamos nuestras vidas en un
estado de mucha esperanza.
Anton Layunta
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